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Revista Mercados
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Producir hortalizas en el contexto actual es cada vez más complejo. La retirada progresiva de materias activas ha cambiado de forma directa nuestra capacidad para controlar plagas y enfermedades y, sobre todo, ha incrementado de manera muy significativa los costes de producción. Desde mi posición como gerente de Murgiverde, lo que observo en campo es claro: cada vez disponemos de menos herramientas eficaces para defender los cultivos, mientras las exigencias productivas y comerciales se mantienen o incluso aumentan.
La consecuencia más inmediata es económica. Al quedarnos sin soluciones fitosanitarias eficaces, el control de plagas se encarece y se vuelve menos previsible. Esto no es una cuestión teórica, se traduce directamente en problemas reales de manejo y en pérdidas productivas. Este año, por ejemplo, el pimiento ha sido especialmente complicado debido a la aparición de parvispinus, una plaga que sin herramientas adecuadas resulta extremadamente difícil de contener. Cuando una plaga entra con fuerza y no hay soluciones eficaces, el margen de maniobra del agricultor es muy limitado.
El impacto sobre la planificación y el rendimiento es muy serio. Entre parcelas que se han tenido que arrancar y producción que directamente se ha desechado, estimamos que ha llegado al mercado entre un 20 % y un 30 % menos de producto. Esta reducción no solo afecta a la rentabilidad directa de la explotación, sino que dificulta enormemente cumplir con los compromisos adquiridos con los clientes. En un modelo como el nuestro, basado en la regularidad y en la confianza, no poder abastecer la totalidad de los programas pactados genera una tensión adicional en toda la cadena.
En este escenario, la pregunta sobre si las alternativas disponibles son suficientes tiene una respuesta clara: hoy no lo son. La lucha biológica es una vía imprescindible, pero necesita más desarrollo. No basta con retirar materias activas si no se ponen a disposición del agricultor soluciones reales que funcionen en condiciones de campo y a escala comercial.
El riesgo de continuar retirando soluciones sin ofrecer alternativas reales es evidente. Perdemos competitividad frente a otros orígenes donde sí disponen de herramientas para producir con mayor seguridad. Esto no solo afecta a las empresas y cooperativas, sino a todo el tejido agrícola local. Producir en Europa con más restricciones y menos medios acaba desplazando la producción a terceros países, sin que ello suponga necesariamente una mejora ambiental global.
Desde mi posición, las medidas prioritarias pasan por varios ejes claros. Por un lado, avanzar hacia sueltas más masivas y eficaces de fauna auxiliar que permitan controlar las entradas de plagas procedentes de otros países. Por otro, reforzar los controles en frontera para evitar la introducción de nuevas plagas que después no sabemos cómo manejar. Y, sobre todo, necesitamos que no se nos pongan más trabas en el camino y que se nos permita trabajar con criterios técnicos y de sentido común.
A nivel económico, evidentemente esta situación acaba afectando. Menos producción y más costes siempre terminan pasando factura. Aun así, el agricultor rara vez tira la toalla antes de tiempo.
La entrada Menos producción, más costes y pérdida de competitividad se publicó primero en Revista Mercados.