Fecha de publicación:
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Fuente:
El Periódico de la Energía
Lugar:
Opinión
Durante los últimos años, el sector energético ha asumido la innovación como una condición inevitable para competir. La transición energética, la descarbonización, la digitalización, la presión regulatoria y la volatilidad geopolítica han obligado a las compañías a revisar sus prioridades, acelerar sus inversiones y adaptar sus modelos de negocio a un entorno cada vez más exigente.
Pero innovar ya no puede limitarse a incorporar nuevas tecnologías, lanzar proyectos o responder a las exigencias normativas. En el sector energético, la innovación empieza a significar algo más complejo como anticipar escenarios, rediseñar capacidades internas, asumir riesgos de largo plazo y construir ventajas competitivas en un mercado en plena redefinición.
Por eso, quizás ha llegado el momento de replantear el debate. La pregunta relevante ya no es si el sector energético está innovando. Los datos demuestran que sí y, además, todo apunta a que esta tendencia seguirá acelerándose. La cuestión verdaderamente importante es si esa innovación está transformando de manera efectiva sus modelos de negocio, sus operaciones y su capacidad para competir.
El VII Barómetro Internacional de la Innovación de Ayming muestra que el sector energético español se sitúa ya como el más intensivo en inversión en innovación entre todos los sectores analizados. El 38% de las compañías energéticas en España destina más del 10% de sus ingresos a innovación, quince puntos más que hace apenas un año, por delante de industrias tradicionalmente asociadas al liderazgo tecnológico, como tecnología, finanzas o defensa.
Es un dato muy positivo, pero también exige una lectura más crítica: invertir más no equivale necesariamente a innovar mejor, ni tampoco garantiza obtener el retorno esperado. El desafío para muchas compañías ya no es decidir cuánto invertir, sino cómo capturar valor de esa inversión y convertirla en resultados tangibles para el negocio.
La inteligencia artificial no sustituye a la estrategia
Para entender hacia dónde está evolucionando el sector energético, basta con observar cuáles son hoy sus prioridades en materia de innovación. La inteligencia artificial es una de ellas, seguida de la sostenibilidad, la optimización de procesos y la incorporación de nuevas tecnologías. Todo ello dibuja una misma hoja de ruta: construir organizaciones más eficientes, resilientes y preparadas para operar en un entorno cada vez más complejo y competitivo.
Ahora bien, el protagonismo de la inteligencia artificial no debe interpretarse únicamente como la adopción de una nueva tecnología. Su verdadero valor reside en su capacidad para transformar de manera transversal la actividad de las compañías, desde la gestión de activos y la eficiencia operativa hasta la predicción de la demanda, el mantenimiento predictivo o la toma de decisiones basada en datos.
Precisamente por eso, conviene evitar una lectura excesivamente optimista. La inteligencia artificial puede convertirse en una palanca decisiva para el sector energético, pero no resolverá por sí sola sus desafíos estructurales. No sustituye una estrategia clara, no corrige procesos ineficientes, no compensa una mala calidad del dato y no convierte automáticamente una organización tradicional en una compañía más competitiva.
En este sentido, la inteligencia artificial no debe entenderse solo como una prioridad tecnológica, sino como una prueba de madurez organizativa. Obliga a las compañías a revisar si cuentan con los datos adecuados, con una gobernanza sólida, con el talento necesario y con una cultura capaz de convertir la tecnología en mejores decisiones.
La tecnología puede acelerar la transformación, pero no puede sustituirla.
Esa misma madurez organizativa es también la que permite a las compañías capturar todo el valor de sus proyectos de inteligencia artificial: la creciente adopción de estas soluciones está impulsando una nueva generación de iniciativas susceptibles de beneficiarse de incentivos a la innovación, especialmente cuando implican desarrollos tecnológicos propios, algoritmos avanzados o aplicaciones novedosas para la optimización de procesos operativos.
El desafío ya no es innovar, sino ejecutar
Uno de los mayores riesgos para la innovación energética es la presión por obtener resultados inmediatos. Y esta tensión resulta especialmente problemática en un sector donde muchas de las soluciones que marcarán el futuro requieren inversiones sostenidas, periodos largos de maduración y capacidad para asumir incertidumbre.
Existe aquí una contradicción difícil de ignorar. Se pide al sector energético que lidere una transformación histórica, pero muchas veces se evalúan sus decisiones con lógicas de corto plazo.
A ello se suma la creciente dificultad para atraer y retener talento especializado, imprescindible para convertir la innovación en resultados reales. La innovación no depende únicamente de los recursos económicos, sino también de la capacidad de las organizaciones para incorporar conocimiento, desarrollar nuevas capacidades y transformar la estrategia en proyectos ejecutables y escalables.
En este punto, el liderazgo no lo marcarán necesariamente las compañías que más inviertan, sino aquellas que sean capaces de convertir esa inversión en eficiencia, resiliencia, sostenibilidad, nuevos modelos de negocio y ventajas competitivas reales.
La financiación también evoluciona
La madurez del sector también se aprecia en la forma de acceder a la financiación pública. Las ayudas a la innovación se han consolidado como una de las principales palancas para impulsar la transformación empresarial.
Junto a las ayudas públicas tradicionales, los incentivos fiscales a la I+D+i se han consolidado como una herramienta cada vez más estratégica para el sector energético. Su capacidad para generar liquidez, reducir el riesgo de las inversiones tecnológicas y reforzar el retorno de proyectos vinculados a digitalización, almacenamiento, redes inteligentes, hidrógeno o descarbonización los convierte en una palanca clave para acelerar la innovación.
Sin embargo, el reto también ha cambiado.
Si hace unos años la principal dificultad consistía en identificar las convocatorias adecuadas, hoy las empresas se enfrentan a un desafío distinto: estructurar proyectos capaces de cumplir criterios de elegibilidad cada vez más exigentes, asumir los requisitos de cofinanciación y competir con éxito por esos recursos.
En cierto modo, esto también demuestra como la conversación en el sector ya no gira únicamente en torno a cuánto invertir o dónde encontrar financiación, sino sobre cómo transformar esa inversión en proyectos sólidos y capaces de generar ventajas competitivas sostenibles.
Competir innovando
En este contexto, el liderazgo energético de los próximos años no dependerá únicamente de la capacidad para producir energía de forma más limpia o eficiente. También se decidirá por la capacidad de innovar mejor que el resto. Y, para lograrlo, no bastará con aumentar los presupuestos destinados a innovación. Será necesario mantener una visión de largo plazo, atraer el talento adecuado y convertir las ideas en proyectos capaces de transformar el negocio.
En definitiva, la innovación ha dejado de ser una respuesta al cambio para convertirse en el principal motor del liderazgo competitivo del sector energético. Las compañías que liderarán esta transformación no serán únicamente aquellas que inviertan más, sino las que sean capaces de combinar visión estratégica, capacidad de ejecución y acceso inteligente a los mecanismos de financiación e incentivos disponibles para acelerar sus proyectos y maximizar su impacto.
Sheila González es Directora de Innovación en Ayming España